Relajaros, es el momento. El momento de soñar. El de aprender la historia... para que algún día, seáis vosotros quienes empuñéis la voz. Las letras. La pasión... Y evitéis el dolor a los infantiles."
Todo empezó mucho antes de estos tiempos, niños. Cuando el Invasor no era más que una lejana sombra que rumiaba su venganza en algún lugar olvidado. Cuando los días no traían vientos de tormentas. Cuando el viento no arrastraba voces de dolor. Cuando los héroes no se contaban a decenas... pues no eran necesarios.
Aquellos tiempos... Me saben a buenos y dulces vinos en el paladar. A manos calientes frente a las hogueras. A besos robados y bofetadas regaladas... A conocimientos y paz. A la juventud, ese tesoro que no os dejamos disfrutar del todo, rapaces...
Pero sobre todo, me recuerdan a ella.
Una dama de cabellos cambiantes, un día dorados como el sol, otros negros como la noche. Unos cabellos que iban cambiando los bucles y ondulaciones por perfectas líneas, dibujadas por algún dios destinado a crear las líneas que definieron al tiempo, quizá. Sus ojos hablaban de las historias más maravillosas y extrañas que jamás un mozo como vosotros se atrevería a desear imaginar. Y sus labios siempre se crispaban en un gesto de desaprobación cuando me veía perseguir faldas o enfrentar a rudos mozos de cuadras...
¿Cómo era yo en aquellos tiempos? Un buen narrador diría que, desde su punto de vista, era un muchacho alocado, dado a empinar el codo en toda barra que fuera, como mínimo, de madera, algo torpe con la espada, pero afiladísimo con la lengua, digno de protagonizar alguna comedia en lugar de esta historia... Pero como os estoy contando yo la historia, os describiré el brazal de cuero recio que cubría mi brazo, uno parecido al que ahora porto... Salvo que, en aquella época no mostraba rastros de fuego ni cicatrices bajo él. El pelo, descuidado, siempre daba aspecto de pelear contra el viento encorajinado, reacio a ser domado. Su rostro estaba cubierto de manchas minúsculas, influidas por el Sol, que le daban aires de pícaro burlón, y sus labios siempre guardaban una sonrisa tras ellos, lista para desarmar un insulto o un argumento...
Era un muchacho más de todos aquellos que plagaban los pasillos del Último Bastión:
La más hermosa ciudad fundada en las tierras neutrales. Centro de la sabiduría de todos los caminos. Creadora de hechiceros, artesanos y artistas. Cuna y forja de grandes guerreros. Sede de las Religiones, todas ellas bienaventuradas. La única ciudad forjada en la sal... y el ónice y la plata. Miles y cientos de nombres podría daros, y me dejaría alguno entre los dientes... Pero, ante todo, Último Bastión era algo más importante.
Era mi hogar.
[...]"
