martes 11 de octubre de 2011

La Caída del segundo Sol.

"Oís los carromatos a lo lejos, ¿cierto? Bueno, no llegarán aún. Y no deberíais preocuparos. No dejaré que os ocurra nada, estoy aquí para eso, ¿no? Tumbaros en esas lanas. Disfrutad de su calor. Entornad los ojos... Pronto comenzaré la historia. El orígen de todo. El porqué ahora estamos así...

Relajaros, es el momento. El momento de soñar. El de aprender la historia... para que algún día, seáis vosotros quienes empuñéis la voz. Las letras. La pasión... Y evitéis el dolor a los infantiles."


Todo empezó mucho antes de estos tiempos, niños. Cuando el Invasor no era más que una lejana sombra que rumiaba su venganza en algún lugar olvidado. Cuando los días no traían vientos de tormentas. Cuando el viento no arrastraba voces de dolor. Cuando los héroes no se contaban a decenas... pues no eran necesarios.

Aquellos tiempos... Me saben a buenos y dulces vinos en el paladar. A manos calientes frente a las hogueras. A besos robados y bofetadas regaladas... A conocimientos y paz. A la juventud, ese tesoro que no os dejamos disfrutar del todo, rapaces...

Pero sobre todo, me recuerdan a ella.

Una dama de cabellos cambiantes, un día dorados como el sol, otros negros como la noche. Unos cabellos que iban cambiando los bucles y ondulaciones por perfectas líneas, dibujadas por algún dios destinado a crear las líneas que definieron al tiempo, quizá. Sus ojos hablaban de las historias más maravillosas y extrañas que jamás un mozo como vosotros se atrevería a desear imaginar. Y sus labios siempre se crispaban en un gesto de desaprobación cuando me veía perseguir faldas o enfrentar a rudos mozos de cuadras...

¿Cómo era yo en aquellos tiempos? Un buen narrador diría que, desde su punto de vista, era un muchacho alocado, dado a empinar el codo en toda barra que fuera, como mínimo, de madera, algo torpe con la espada, pero afiladísimo con la lengua, digno de protagonizar alguna comedia en lugar de esta historia... Pero como os estoy contando yo la historia, os describiré el brazal de cuero recio que cubría mi brazo, uno parecido al que ahora porto... Salvo que, en aquella época no mostraba rastros de fuego ni cicatrices bajo él. El pelo, descuidado, siempre daba aspecto de pelear contra el viento encorajinado, reacio a ser domado. Su rostro estaba cubierto de manchas minúsculas, influidas por el Sol, que le daban aires de pícaro burlón, y sus labios siempre guardaban una sonrisa tras ellos, lista para desarmar un insulto o un argumento...

Era un muchacho más de todos aquellos que plagaban los pasillos del Último Bastión:

La más hermosa ciudad fundada en las tierras neutrales. Centro de la sabiduría de todos los caminos. Creadora de hechiceros, artesanos y artistas. Cuna y forja de grandes guerreros. Sede de las Religiones, todas ellas bienaventuradas. La única ciudad forjada en la sal... y el ónice y la plata. Miles y cientos de nombres podría daros, y me dejaría alguno entre los dientes... Pero, ante todo, Último Bastión era algo más importante.


Era mi hogar.

[...]"

domingo 10 de julio de 2011

Recordar


Recuerdo la máscara de sonrisas burlonas y fuego prendiendo la punta de cientos de cigarrillos. Recuerdo las historias nocturnas de besos negados y polvos prometidos. Recuerdo esos tiempos en los que no era importante dónde acabaría durmiendo, cuando despertaría y cuál sería la intensidad de la resaca futura. Recuerdo cómo siempre me decían que era un nómada cabeza loca, un bufón incurable o un intento de lobo solitario. Recuerdo cuántas palabras te dediqué y cuántos besos guardamos en aquellas cajas que perdí en la mudanza.


Trato de no recordar los arañazos en el corazón, las balas esquivadas, el frío de todas las despedidas, las discursiones, las gotas de la lluvia sobre mis hombros, el sudor pegajoso de las noches, el olor de nuestros cafés, el sabor de las derrotas...


Más cansado y menos presentable te veo, sonriéndome, con ese gesto despreocupado. Apenas intuyo si te alegras de verme aquí o, por el contrario, te extraña y alerta la estática entrelazada en la música que se acompasa a mi andar. Pero creo que ya, aquel joven que era, ese que ahora trata de juzgarme está en edad de asimilar que se ha hecho mayor.


Observo los recuerdos que, menos propios y más palpables, conservo adosados a las paredes de mi cuarto. Algunos recibidos tras la promesa de ser conservados... otros con la promesa implícita por ser yo. Cuadernos hechos a mano que jamás terminé de mancillar, colgantes que recibí cuando era necesario que tuviera protecciones contra malos espíritus, casacas regaladas por amigos que terminé desenlazando de las líneas que componen mi historia. Relojes que no marcan ya más hora que la del olvido...


Mi instinto sigue en pie, oculto y silenciado para no despertarme en las noches de verano. Para no pensar qué tendría que pensar. Para ignorar la rutina, para no añorar ni desear el paso del tiempo...


Para aprender cómo es eso de saber ya qué es madurar.

lunes 9 de mayo de 2011

Regalos.

"¿Qué regalo tienes para mí esta vez?"

Jamás había deseado escribir tomándola entre mis letras, vistiendola con palabras, puntuaciones y tinta, a pesar de saber que únicamente podría encontrar una forma mejor de vestirla: Con besos, susurros y caricias.

La noche mordía fuerte, con su oscuridad y su fría brisa, brisa de primavera, brisa de lluvia. La ventana abierta permitía que el sonido de los grillos y los coches lejanos tratara de invadir la habitación. Su cuerpo calentaba mi piel con su roce. Las yemas de mis dedos recorrían su cabello. Su aliento se posaba sobre mi cuello.

"¿Qué regalo tienes para mí esta vez?"

Quizás había pecado tratando de compensar el silencio que en ocasiones me asaltaba. Quizás había sido una maravillosa idea regalarle cosas que apenas tenían más gasto que el sentimiento que les adjuntaba.

Paladeé su aroma mientras mis labios se acercaban a la base de su nuca, origen del mismo, tratando de capturarlo todo y ella sonrió al notar el inicio de mi barba.

Entonces comprendí porqué no había traído ningun regalo esa vez.

Su pelo se interpuso entre mi labios, tratando quizás de protegerla de mis susurros. Ese pelo tan conocido por mi pupilas que en esos momentos eran parte de la oscuridad. Al igual que los labios a los que no podía negar un beso o sus ojos, que tanto me llamaban la atención.

Su voz resonó en mi mente una vez más: "¿Qué regalo tienes para mí esta vez?"

Y entonces la besé. La besé como si quisiera que en ese beso nos fusionáramos por esa pequeña eternidad que anida en una noche en compañía. Sentí contra mi rostro su aliento. Sobre mi espalda sus dedos. Bajo mi torso su pecho. Alrededor de mi cintura sus piernas...


Como regalo, sólo me tenía a mí...





------------------------------------------

... Para tí.

martes 8 de febrero de 2011

4:00

(...) He recordado momentos del pasado. Con ciertos temas, el olvido no puede. He hablado de amor con algunos... y he rehuido de escribir sobre él bastante tiempo. No merece la pena sajar heridas que jamás cierran... Hieden demasiado, duelen lo suficiente, y sangran lo indecible. Es molesto explicar esos momentos en los que despiertas en medio de la noche sudoroso o helado hasta los huesos, tratando de recuperar el resuello, observando el hueco que hay a tu lado bajo el edredón, asimilando el que esa otra persona, que fue tan importante ya no está. El aspirar el aire de la habitación y comprender que su aroma ya no impregna la atmósfera de ese mundo que se marchita día a día con cada cruz en un calendario. El abrir los ojos con lágrimas aflorando en ellos, con congoja en el pecho y las pelotas hinchadas... porque a pesar de que quieres llorar, no quieres hacerlo sin saber por qué lloras.

En ese momento, algo en tu mente se aleja. Y casi crees que es el olvido... y no, no lo es. Casi se podría decir que es el pasado, alejándose un poco para traerte en la penumbra de la habitación esos recuerdos que tanto dañan en esos momentos. Reduerdas un beso en la comisura de los labios. Un mordisco en el cuello. Un susurro en el lóbulo de la oreja. Una mano estrechando la tuya. Un respirar húmedo sobre el torso. El frío de unos pies ajenos. Un codazo. Una sonrisa. Una discursión. Un encuentro. El primer encuentro. El último beso. El más duro y penetrante adiós. Aquel que caló tan profundo como jamás habrías esperado recibir.

Piensas en los amigos, esos fieles escuderos que casi lo han vivido a tu lado. Preguntas, respuestas. Preguntas, responden. Y comprendes que no puedes olvidar. No quieres olvidar. Escupes sobre el destino, las señales, el pasado y el futuro. Te arrebujas en la manta y miras a la fría y grs oscuridad que se fusiona lentamente con la penumbra y morirá dentro de un largo rato con el amanecer.

Son las 4:00.

Y odias el momento en el que te has despertado. El momento en el que has recordado. El momento en el que echas en falta lo que ya no tienes. Sin embargo... ahora que has asimilado sonríes. De no ser porque ahora duele, no podrías decir que en su momento valió la pena.

Y esa victoria... Nadie te la puede robar.

domingo 16 de enero de 2011

Madurar (XXX)

Quisiera creer que todo lo que imagino puede llegar a ser real. Quisiera creer que todo lo que he creado a lo largo de los años (a base de ir malgastando una juventud en perderme entre alcohol para inspirarme y horas perdidas) existe en algún lugar que aún no encontré. Pero no es así.

Aunque he brindado en soledad, para que mis buenos deseos llegaran a los que en la distancia se encuentran. A pesar de haber lanzado mis propios rituales para traer buenos augurios a mis amigos. Aún habiendo acatado la máxima de comportarme con respeto a quienes me ofendieron o alojar como buen anfitrion a quienes no me faltaron en ningún momento... Deduzco que todo es como es. Sin que haya nada más. Sin que las creencias o los códigos puedan protegerme de lo que no comprendo. Sin que haya un algo más a lo que aferrarme como si de un clavo ardiendo se tratara.

He perdido muchas cosas a lo largo de la vida. Perdí la relación con amigos cercanos, por no saber perdonarlos y por defender mi forma de ser, libre. Perdí amores seguros, por anécdotas de aventuras y más de una batalla que condujo a derrotas que hirieron más que los golpes que en mi infancia recibí. Perdí el camino de retorno al hogar. Perdí la senda del destino. Perdí mi fe. Perdí mi orgullo. Perdí mi honor. Perdí mi infancia. Perdí la esperanza...

Perdí el enfoque que me ataba al suelo, mostrándome las cosas tal como eran... y cuando descubrí todo lo que había traído como regalo, traté de volver atrás... sabiendo que un error, en ocasiones, no tiene arreglo. Sabiendo que una dama, es algo más que una musa. Sabiendo que un amigo, es algo más que un compañero hecho a imagen y semejanza mía. Sabiendo que una verdad no siempre es tan pura como aparece...

He aprendido tanto y, a la vez, sé tan poco.

Ahora comprendo que cuando me enorgullecía de ser solitario, me estaba condenando a una existencia que suele acabar en un rincón, como un juguete olvidado, más que como un libre y viajero diente de león.