
Recuerdo la máscara de sonrisas burlonas y fuego prendiendo la punta de cientos de cigarrillos. Recuerdo las historias nocturnas de besos negados y polvos prometidos. Recuerdo esos tiempos en los que no era importante dónde acabaría durmiendo, cuando despertaría y cuál sería la intensidad de la resaca futura. Recuerdo cómo siempre me decían que era un nómada cabeza loca, un bufón incurable o un intento de lobo solitario. Recuerdo cuántas palabras te dediqué y cuántos besos guardamos en aquellas cajas que perdí en la mudanza.
Trato de no recordar los arañazos en el corazón, las balas esquivadas, el frío de todas las despedidas, las discursiones, las gotas de la lluvia sobre mis hombros, el sudor pegajoso de las noches, el olor de nuestros cafés, el sabor de las derrotas...
Más cansado y menos presentable te veo, sonriéndome, con ese gesto despreocupado. Apenas intuyo si te alegras de verme aquí o, por el contrario, te extraña y alerta la estática entrelazada en la música que se acompasa a mi andar. Pero creo que ya, aquel joven que era, ese que ahora trata de juzgarme está en edad de asimilar que se ha hecho mayor.
Observo los recuerdos que, menos propios y más palpables, conservo adosados a las paredes de mi cuarto. Algunos recibidos tras la promesa de ser conservados... otros con la promesa implícita por ser yo. Cuadernos hechos a mano que jamás terminé de mancillar, colgantes que recibí cuando era necesario que tuviera protecciones contra malos espíritus, casacas regaladas por amigos que terminé desenlazando de las líneas que componen mi historia. Relojes que no marcan ya más hora que la del olvido...
Mi instinto sigue en pie, oculto y silenciado para no despertarme en las noches de verano. Para no pensar qué tendría que pensar. Para ignorar la rutina, para no añorar ni desear el paso del tiempo...
Para aprender cómo es eso de saber ya qué es madurar.
Te leo.
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