viernes 24 de diciembre de 2010

Consejos para tejeletras noveles...

Piensa…

Lo que garabateas en un papel, esas historias que nadie lee.

Saboreas los licores que aromatizan tu aliento cálido mientras aspiras a tener manchas de carmín en tu camisa, sabiendo que el “ella” está tan lejos como tú haces que se aleje.

Respira…

Y absorbe el humo azulado que lentamente agria tu semblante y tus pulmones, sin querer reconocer que algún día te pasará factura.

Tarareas melodías esperando que alguien las acompañe, no como coro, si no como segunda voz.

Contempla…

Con esa visión que sólo queda palpable para aquellos que viven lo que escriben, danzando peligrosamente en esa fina línea que separa la cordura de los caminos de la locura.

Imagina que una dama es siempre una dama, que el honor es un escudo con el que evitar que el paso del frío viento corte, y que la amistad es un preciado regalo que se puede perder entre las palabras que se dicen por lealtad.

Espera…

Que, más pronto que tarde, llegará la canción que te haga encontrar un motivo por el que brindar, antes o después de la gesta. Encontrando esa capa que creías olvidada, esa espada cubierta de ocre herrumbre y ese escudo mellado por los besos del mundo real.

Sueña…

Pues así, y sólo así encontrarás todo aquello que anhelaste cuando eras un joven que conservaba impolutos ideales y sonrisas entre los consejos que se dan empapados en alcohol.

Derrumba…

Los muros con los que ellos se cubren de pasividad y tranquilidad, impidiendo dejar que sus pies les lleven más allá de la próxima factura del mes, de la próxima declaración para hacienda, del próximo rito disfrazado de cortesía por eso que algunos llaman sociedad.

Escucha…

El canto de las musas, y jamás olvides lo que eres: Un heraldo más de ese lugar que algunos se obligan a no pisar.

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