jueves 18 de noviembre de 2010

Hojas mojadas.

La almohada sostenía mi cabeza sobre el colchón donde dormitaba a ras del suelo. Sabía que había hablado con una persona, que me había cruzado con otras, que había bebido, que había acariciado cuerdas de guitarra y había acompañado con una voz rota por las bebidas blancas las canciones que un amigo tocaba.

Pero había mucha información que no se había recogido en mis neuronas.

Me sentía como alguien que trata de releer un capítulo de un libro y se da cuenta de que las páginas se han mojado, dejando inconclusas frases y escenas, rompiendo la linealidad del documento. Me tumbé sobre el otro costado y traté nuevamente de recordar: Ojos finos, sonrisa fiera, frases que no llegaba a rememorar por completo, segundas intenciones que, aún vagamente, sonaban a balas de cañón.

Un nombre.
Un "hoy no será".
Un recuerdo lamido por el olvido.
Ese que el alcohol regala.

Abrí los ojos en la oscuridad y gruñí molesto, si alguna vez me había sentido morir por unas horas, era ese momento. Lo vivido no estaba recogido en las líneas de la historia que puedo leer en mi mente... y eso, en cierto modo, es no haberlo vivido.

La resaca era el único método de saber que algo que ocurrió, me lo perdí por no saber poner un límite a una peligrosa -y no confirmada- adicción.

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