
Observé el lunar que siempre veía cuando, recostada sobre su hombro derecho, me daba la espalda. Su melena negra negra como el ébano reposaba sobre la almohada y, sobre ella, su torso se alzaba rítmicamente al compás que le dictaba su respiración.
Dejé que una sonrisa aflorara entre mis labios cuando la fría brisa del invierno aún presente atravesó la habitación y como respuesta su piel comenzó a erizarse para, después, arroparla con las mantas bajo las cuales ella dormía y yo esperaba la llegada del rey de los sueños.
La lluvia comenzó a golpear la ventana con su sonido característico y aspiré el aroma que manaba de su piel: Olor a juventud aún viva, a noches seguras, a hogar.
Pensé en su nombre, tan esquivo como siempre, en su mirada, aún capaz de sorprenderme por lo que veía, en su voz, constantemente mutable de la calidez al frío, de la melancolía a la seguridad, y deseé perderme en el hueco que ya había conseguido hacer con mi nuca sobre la almohada. Entonces...
desperté. Y comprobé que en mi colchón sólo había un habitante solitario. Como un cometa a la deriva en la oscuridad del espacio.
Una persona olvidada, como los héroes de no hace tanto.
Un corazón frío, como las coordenadas que se encuentran más allá del círculo polar.
Volví a sonreír, a medias frustrado, a medias resignado. Algunas maldiciones no se marchan ni siquiera con el amanecer.
Algunos sueños no permanecen cuando abres los ojos.
Dejé que una sonrisa aflorara entre mis labios cuando la fría brisa del invierno aún presente atravesó la habitación y como respuesta su piel comenzó a erizarse para, después, arroparla con las mantas bajo las cuales ella dormía y yo esperaba la llegada del rey de los sueños.
La lluvia comenzó a golpear la ventana con su sonido característico y aspiré el aroma que manaba de su piel: Olor a juventud aún viva, a noches seguras, a hogar.
Pensé en su nombre, tan esquivo como siempre, en su mirada, aún capaz de sorprenderme por lo que veía, en su voz, constantemente mutable de la calidez al frío, de la melancolía a la seguridad, y deseé perderme en el hueco que ya había conseguido hacer con mi nuca sobre la almohada. Entonces...
desperté. Y comprobé que en mi colchón sólo había un habitante solitario. Como un cometa a la deriva en la oscuridad del espacio.
Una persona olvidada, como los héroes de no hace tanto.
Un corazón frío, como las coordenadas que se encuentran más allá del círculo polar.
Volví a sonreír, a medias frustrado, a medias resignado. Algunas maldiciones no se marchan ni siquiera con el amanecer.
Algunos sueños no permanecen cuando abres los ojos.
Abrimos nueva temporada.
ResponderSuprimirLas vacaciones no han traído musas ni damas a las que cantar aún.
Pero os echaba de menos.
Unas letras de saludo, amigos míos ;)
Aquellas malditas ausencias que regresan con sus fantasmas a recordarnos nuestra inexorable soledad. Cuantas veces rellenó aquella tantos huecos en nuestra cama...
ResponderSuprimirMe alegro de tu vuelta, Galliard.
Un abrazo.
:)
ResponderSuprimirmuá
Excelente y reflexivo texto
ResponderSuprimirun placer leerte.
que tengas una feliz semana
un abrazo.